Mujeres mayas contemporáneas: De Mujercitas a Mujeronas(1)

Georgina Rosado Rosado
Lo primero que urge decir es que las mujeres mayas contemporáneas lo son; en plural y de manera muy diversa, como tan diversos son sus orígenes, edades, ocupaciones y experiencias de vida. La mayoría habla o por lo menos entiende la lengua maya, otras usan hipil o blusas bordadas, muchas viven en comunidades tradicionales, pero algunas migraron y hoy son universitarias, han leído a Marcela Lagarde y tienen uno, dos, o ningún apellido maya. Las del estado de Yucatán se autodefinen como mestizas; las de Quintana Roo procedentes de comunidades tradicionales no dudan en afirmar que son “mujeres mayas”, realidad que podría deberse a que sus ancestros huyeron a tiempo de la esclavitud y construyeron su identidad lejos de quienes los discriminaban, o quizás la explicación se encuentra en los colectivos de mujeres que les permitieron reencontrarse con sus orígenes de manera positiva.

Y si tan solo las escucháramos podríamos desvelar por fin el misterio de ¿quiénes son ellas hoy en día? ¿Cuál es su identidad o cómo se autodefinen? ¿Cuál es su papel en la sociedad? ¿Qué es lo que esperan de sus parejas y de sus hij@s? Y en este coloquio de la “Cosmogonía de los pueblos vivos de América”, les daremos la palabra a dos de las ocho reunidas en otro festival, el de la Xtabay, organizado por el maestro Marcelo Jiménez en la antigua Chan Santa Cruz, hoy Felipe Carrillo Puerto, donde fueron convocadas por nuestra amiga Marisol Berlín Villafaña para dialogar sobre sus identidades y en sus propias palabras explicar cómo se convirtieron “de mujercitas a mujeronas”.

Comenzaremos con Flor Iliana, quien proviene de una comunidad tradicional donde el 99,28 % de la población es, según el Inegi, “indígena” y el 81,01 % de los habitantes habla el idioma maya. Ella se define a sí misma de la siguiente manera: “Me llamo Flor Ileana Pech Chan de Umay, comunidad cercana a Chetumal, mis abuelos y mis padres son mayas, custodios de la Cruz Parlante del centro ceremonial, y soy danzante, vaquera y me considero guía espiritual de mi comunidad. Soy vocal del programa Prospera y trabajo con 90 mujeres, claro que es un programa de gobierno, pero yo aprovecho cuando están las mujeres reunidas. Soy mamá de tres jóvenes, soy hija única”.

Como podemos ver, Flor es una mujer que se reconoce descendiente de los mayas, participa activamente en las actividades religiosas de su pueblo, donde se considera, como las antiguas sacerdotisas prehispánicas y las Santas Patronas de la sociedad cruzoob, guía espiritual y, por lo tanto, con un papel central y protagónico al interior de su comunidad. Ella, como todas las personas, sobrepone a su identidad primaria (Flor Iliana), diversas identidades específicas, todas positivas; danzante, vaquera, líder espiritual, gestora de programas de gobierno, madre e hija. Y expresa una gran sabiduría en su forma de pensar y vivir su realidad, donde los conceptos cosmogónicos y espirituales propios de la cultura maya influyen en sus concepciones sobre su género, lo que nos describe de manera sumamente hermosa.

“Eso es lo que es mi manera de pensar, estoy entendiendo los consejos que me dejaron mis ancestros, mis abuelos, caminar juntos porque estamos hechos a semejanza de ellos, los abuelos y las abuelas, nos quieren a los dos, ellos nos crearon, los abuelos y las abuelas, nos dieron una cabeza, un corazón, dos ojos, un cerebro, entonces somos iguales, eso entiendo, la vida es así, caminar juntos para encontrar ese camino blanco, el sacbé, y avanzar, las generaciones siguientes también deben seguir ese camino. Que los hijos aprendan a barrer, a limpiar el camino blanco”.

Ella nos asegura que hombres y mujeres somos iguales en derecho y lo dice convencida de que no fue un dios masculino patriarcal quien nos creó, sino tal como nos lo dicen los antiguos códices y el Chilam Balam fueron “los abuelos y las abuelas”, al hombre y la mujer, iguales y al mismo tiempo, nos crearon para que caminemos juntos en el camino blanco, en el sacbé, porque nos quieren a ambos, hombres y mujeres. No son padres y madres, sino abuelos y abuelas los creadores; es decir, el valor de las personas mayores queda cimentado al igual que la dualidad en la espiritualidad de una mujer que guía a su comunidad. Contrastante lo que ella nos enseña, con lo que sucede en las comunidades mayas de Yucatán trastocadas por la “modernidad”, donde diversos estudios demuestran que el papel y el respeto hacia las personas mayores se ha debilitado o perdido y nos encontramos con muchos casos de violencia y abandono sufrido por los abuelos y abuelas por sus propios hij@s y niet@s.

Son sus raíces mayas, las que heredó de sus padres y de sus abuelas, las que explican en gran parte su manera de pensar, pero eso no significa que ella sea ajena del mundo actual que la rodea, por eso gestiona y organiza a otras mujeres para acceder a los programas de gobierno y eso no le roba dignidad, sino refuerza su autoridad y le permite recuperar algo de los mucho de lo robado a su pueblo por lo grupos de poder durante años de dominio y explotación.
Y en una época en que los estereotipos estéticos nos los dictan los grupos de poder a través de los medios de comunicación y a una candidata indígena le llueven descalificaciones en las redes sociales aludiendo a su etnia y su físico, es refrescante escuchar a una mujer maya explicándonos cómo podemos convertirnos de mujercitas a mujeronas. Tomemos nota y aprendamos, porque no somos nosotr@s, l@s académic@s, estudiosos (as) de aquí o que vinieron de otros lares para dictar cátedra quienes debemos explicar quiénes son ellas o cómo deben ser, sino ellas mismas que reunidas fraternalmente tiene la gentileza de compartirnos sus saberes.

“Cuando perdemos el miedo, cuando nos vale todo, cuando salimos del racismo. La sociedad no tiene por qué decirnos qué voy a ser, yo tengo que decir qué quiero ser. Entonces perdí el miedo y digo yo me salgo de esto y me voy al camino que me gusta y me vale lo que me digan, yo voy en mi camino, perder el miedo y tener autoestima, esas dos palabras: perder el miedo y autoestima. Desde el momento en que yo me quedé sola, con mis tres hijos, aprendí a vivir. Yo quiero este camino, no quiero ese otro donde hay mucho racismo, y también quiero lo mejor para mis tres hijos. Y lo logré, yo digo que lo logré porque ahora mis hijos son universitarios y yo soy mamá y papá. Esa es mi manera de pensar. Ahora me siento muy feliz, no tengo cargas, me siento muy feliz, aunque estoy gordita me siento hermosa y muy mujer, así me siento. Así veo la vida gracias”.

Perder el miedo y tener autoestima, lo dice una mujer maya que sabe muy bien que un pueblo cuando se cree inferior y se siente “de menos” sufre lo que los antropólog@s, en palabras sofisticas pero que significan lo mismo, llamamos identidad estigmatizada, convirtiéndose en fácil presa del dominio, la explotación y la manipulación política. Y que una mujer que es socializada para sentirse inferior, ya sea por su género o por su etnia, se convierte en víctima de una sociedad patriarcal que la discrimina, violenta y mata. Por lo tanto, el camino de nuestra propia liberación no viene de fuera, o de manos de algún líder político, sino depende de que elijamos nuestro sacbé, ese camino donde, como ella nos dice, podemos ser hermosas, inteligentes y capaces de guiar a otras mujeres y a nuestras comunidades.

¿Pero qué pasa con aquellas mujeres mayas de las nuevas generaciones que salieron de sus comunidades y se incorporaron a un mundo globalizado? Pueden pasar dos cosas, enfrentarse al racismo, avergonzarse de sus orígenes y tratar de mimetizarse con las mujeres de la ciudad. Difícil, por muy romántico que suene, no reconstruir tu identidad cuando te encuentras lejos de tu comunidad y de tus raíces y te enfrentas a la disyuntiva de transformarte o sufrir violencia y discriminación. Pero existe una tercera opción y es una joven maya, Wilma Esquivel Pat, licenciada en Biología, quien nos la explica, y también nos habla de por qué la maya es una cultura viva. Escuchemos y aprendamos de una mujer maya joven:

“Siento que si algo me ha salvado, construido y reconstruido son mis raíces. Por muchos años me consideré una chica maya, con una familia maya (materna), que provenía de una comunidad, pero que vivía discriminación. Y de alguna manera una se hace chiquita y se quiere borrar, entonces ya no soy maya, me avergüenzo, aunque mi segundo apellido es maya y mis orígenes también. Pero como yo analicé después es realmente injusto negar quién realmente eres. Tener que guardarse, tener que negarse, y ser lo que los demás quieren que sea, para ser una niña bonita, una niña aceptada”.

El dolor de un pueblo y de un género después de siglos de violencia y discriminación, certeramente expresado por una sola voz, la realidad que no mata el cuerpo pero si el espíritu y que nos obliga a un doloroso suicidio cultural al negar nuestras raíces mayas. Nos llega también con un mensaje de esperanza producto de la fuerza emanada de nuestras raíces ancestrales, pero también de las redes de mujeres que hoy permiten el milagro.

Escuchemos su sabia explicación:
“Pero a lo largo del tiempo, gracias a la cercanía de una espiritualidad en Carrillo Puerto, de la cultura maya, los saberes de mi abuela y de mis abuelos (aunque uno de ellos ya murió, es ahora cuando estoy recibiendo más de ellos), mi manera de ver el mundo ha cambiado muchísimo desde cómo me concibo y cómo quiero vivir. Es un cambio muy grande de ser quien hoy soy, estoy muy agradecida por todas las mujeres y hombres, más mujeres que hombres de hecho, que han aparecido a lo largo de mi vida, que me han hecho ver que hay una manera distinta de ser mujer y vivir orgullosa de ser quien soy, y si he recibido todo eso gracias al camino que he transitado y a la gente que ha estado presente, por eso es justo que otras mujeres puedan encontrase conmigo y con otras redes de mujeres que están luchando por los derechos de todas.

”Es muy importante haberme encontrado con Flor y con otros espacios que me fortalecen, con la familia de mi abuela materna, con mis tías y mis tíos, y no saben los grandiosos que son, he encontrado demasiada sabiduría en las personas del campo. Realmente yo no entendía cuando me mencionaban que los mayas somos una cultura vida, yo pensaba que eso era antiguo, y realmente me voy acercando más y veo que realmente está más viva que nunca, nuestra manera de pensar y de ver el mundo. Ir despertando, abriendo los ojos para ver la vida de manera diferente, cuestionar nuestra propia vida, fortalecernos como mujeres, para que, como dice Flor, sentirnos amadas y tú te ames, te sientas digna de ser mujer y de ser maya. Yo creo que cuando las mujeres nos apoyamos crecemos mucho”.

Como una de ellas afirmó en la mesa, no todo lo que viene de fuera de sus comunidades es malo, hay que tomar lo bueno de cada mundo (del occidental y del maya) y dejar atrás lo negativo. Y lo que es bueno y llegó de fuera lo encontró Wilma y otras mujeres mayas en la Conavim (Comisión Nacional para Prevenir y Erradicar la Violencia contra las Mujeres) que, como otras creadas gracias al empuje y demanda del movimiento feminista internacional y nacional, permite la creación de redes de mujeres en busca el respeto a sus derechos y la igualdad sustantiva entre los géneros.

“Me sorprendió mucho en la Conavim ver que mujeres de las comunidades se atrevían a luchar, se fueron de sus comunidades y regresaron a seguir trabajando por sus derechos, a una vida digna, derecho a que se les respete. Yo estaba acostumbrada a que si se iban a trabajar, a estudiar, y no regresaban a sus pueblos. Pero no pasó con ellas, ellas pueden hacer fuera, pero regresan y siguen siendo ellas, con sus comunidades y siguen trabajando ahí, y son parte de su comunidad. La misión no es ir a una ciudad grande y quedarte allá, es ir, aprender, fortalecer redes y regresar. Porque muchas veces nos vamos y no regresamos y no sabemos lo que está ocurriendo en nuestras comunidades”.

Y en la antigua capital de los mayas rebeldes es una mujer maya la que nos recuerda el árbol sagrado de los mayas, la ceiba, que como todo lo femenino echa raíces, nos conecta con el inframundo y permite que lo aparentemente muerto en realidad sea el abono para las nuevas semillas de donde resurge la vida. En este caso una cultura, la maya, porque…

“Aquí en Felipe Carrillo Puerto hay personas muy valiosas e interesantes, existimos personas que estamos haciendo cosas increíbles, tenemos una raíz muy fuerte y ahí donde tenemos la raíz no podemos dejarnos morir fácilmente ni vivir enajenados de nuestra propia comunidad”.

Son los colectivos donde podemos reunirnos mujeres para fortalecernos, tejer redes, recuperar nuestra dignidad étnica y de género, una buena estrategia para tratar de revertir este proceso de autonegación, discriminación y violencia. Y la buena noticia es que ya existen, por ejemplo, “Mujeres migrantes del tiempo”, organizado por la Segey y el periódico de la Identidad, Dignidad y Soberanía, el POR ESTO!, es un programa donde mis amig@s Verónica García, Alicia Figueroa e Issac Carrillo permitieron que se crearan espacios de reflexión entre abuelas, madres e hijas mayas para fortalecer sus saberes e identidades. Colibrí, en Valladolid, organización fundada por otra amiga, Candy May, es otro excelente ejemplo de los milagros que ocurren cuando las mujeres creamos espacios para fortalecernos. Y, por supuesto, en Felipe Carrillo Puerto el grupo convocado por mi amiga, Marisol Berlín, para dialogar de qué manera podemos convertirnos “de mujercitas a mujeronas” y sentirnos orgullosas de nuestro género y de nuestras raíces mayas. Muchas gracias a todas ellas.

1 Ponencia presentada en el II Coloquio de Filosofía del origen y de las grandes ideas. “Cosmogonías de los pueblos vivos de América”, en la mesa: Construcción y reconstrucción de las feminidades en nuestra América. Organizado por la SEGEY el 31 de octubre de 2017, en Mérida, Yucatán. (POR ESTO)